En ésta mañana de sábado estoy aquí, en mi cornisa. Ocurre que brilla mucho el sol, llega a picarme en los ojos, ahora de piedra, pero no por ello menos conscientes. Lo veo todo, al menos todo lo que hay a mi alrededor y un poco más allá. Quizá no llego a ver todo lo que quisiera y veo todo lo que no quisiera, pero así es. Lo veo, os veo humanos. Con el transcurrir del tiempo he ido logrando "olvidar" o, al menos, "aparcar", aquello que en tiempos ancestrales pasó y que creó el cisma entre la raza humana y mi estirpe; he aprendido a separar a éstos humanos de aquellos, pero una vez que la desconfianza se aposenta en el corazón de una gárgola y, además, superviviente, es difícil arrancarla de la piedra que es noble y es casi incapaz de sobreponerse a la vulgaridad humana y su falta de visión ante lo verdaderamente trascendente. En mi memoria de siglos, recuerdo tan sólo contadas ocasiones en las que he logrado descubrir, desde mi recóndito escondite, almas con capacidad de auténtico compromiso y de sustraerse al cambio de las circunstancias para mantener la esencia.
He aprendido, incluso, a querer a los humanos, a diferenciar, en la medida que, como ser imperfecto y falible que soy, que no todos son iguales y a priori, aunque con la desconfianza clavada, mi expectativa intenta ser positiva, luego cada uno se retrata y yo, desde las alturas, termino sacando mis conclusiones.
Ya soy consciente de que se puede elegir, de que debo hacerlo y mi secreto mundo lo compartiré, sin desvelarlo del todo, con aquellos que en su retrato aparezca al menos una dosis de integridad secundada por una suficiente continuidad. Yo aprendo, observo para ello y sería estúpido no poner en práctica lo aprendido.
Esta mañana de sábado, la cornisa y sus alrededores están aparetemente tranquilos, pero La Gárgola sigue observando y trasciende más allá de lo aparente, tiene tiempo, en su quietud, para hacerlo. Mientras los demás corren de un lado para otro, se sofocan con el calor y dejan que sus vidas corran también, La Gárgola sigue registrando en su interior. Os veo, silenciosa, más no por ello inconsciente, os admiro cuando sois admirables y sonrío irónica cuando me ofrecéis la visión del vulgo y de vuestra superficialidad.
Saludos desde las alturas





